María Teresa Perdomo
Los géneros que más utiliza son: poesía, cuento, novela y otro.

María Teresa Perdomo nació en Pátzcuaro, Michoacán. Se licenció en Lengua y Literatura Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde realizó estudios de maestría, y se doctoró en Lingüística y Literatura Hispánicas, por El Colegio de México. Cursó estudios Superiores de Literatura Francesa en Toulouse, Francia. Fue becaria de la Fundación Heinrich Herz, en Alemania. Ha impartido las cátedras de Literatura y Francés en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde fue investigadora y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, hasta su jubilación. Fue catedrática de Español y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Bonn.
Es autora de los libros de ensayos académicos El lector activo y la comunicación en Rayuela (1980), Ser y hacer de Rubén Romero (1985), Ramón Martínez Ocaranza, el poeta y su mundo (1988), La poesía de Manuel Ponce (1994) y Concha Urquiza y su obra (2013). Ha publicado los poemarios Periferias (1983), Lluvia de ramas (1984), Navegaciones (1990), Este racimo de palabras (1994), Lo que dejan los días (2003) y Vislumbres (2005-2006) —títulos recogidos en los dos volúmenes de su Poesía reunida, por la editorial Jitanjáfora y la Secretaría de Cultura de Michoacán (2006)— y En mí y otros lados (2017). Ha publicado también las colecciones de cuentos Caleidoscopio (1993), Como queriendo dibujar la vida (2000) y Entre los pasos de la vida (2016), así como la novela breve Antes y después (2016) y la novela Hilvanes en la tela de los días (2025). Ha publicado, asimismo, artículos de crítica literaria y de creación, en revistas de Morelia México y Alemania. Algunos de sus artículos de crítica literaria han sido recopilados en el volumen Reunión dispersa (2017). Sus libros han sido comentados en publicaciones de nuestro país, como Sin Embargo, UnoMásUno, El Día, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, El Sol de Morelia y La Voz de Michoacán; en Iberoamericana (Alemania) y Philologica Pragencia (Universidad Carolina de Praga).
TEXTO LITERARIO
Como queriendo dibujar la vida
María Teresa Perdomo
En ese internado para niños de escasos recursos todos eran becados. Los padres sólo tenían que pagar una mínima cuota mensual, impuesta, sobre todo, para obligar a los padres indolentes a ir a ver a sus hijos siquiera una vez al mes. Pero ni así iban a verlos. Dejaban a sus niños en la escuela y no se volvían a parar por allí hasta el fin de año, en las vacaciones, cuando cerraba la escuela.
Llegué un poco tarde a hacerme cargo del grupo de primer año que me asignaron. Había dos grupos. La otra maestra ya había escogido a los mejores alumnos, esto es, a los más pequeños y que no habían sabido de rechazo o de expulsión en ninguna otra escuela. Los que a mí me tocaron habían pasado por esas experiencias y, además, algunos repetían el primer año hasta por tercera vez. Esto hacía que fueran los más grandes. Era difícil el grupo, pero yo tenía deseos de trabajar, de hacer algo por aquellas criaturas que iniciaban tan torpemente su camino por la vida.
Un día me encontré en mi salón de clase un nuevo niño, más grande que los grandes que ya tenía. Se llamaba Rodolfo Rojas y tenía como unos doce años. Algunos días después supe que era inquieto, distraído y peleonero. Les quebraba los lápices a los niños; les rompía los libros; les arrancaba las hojas a sus cuadernos, y no tenía ningún interés en aprender. Sin embargo, le gustaba dibujar. Un día vi en su cuaderno un dibujo impresionante: un esqueleto del que salían o al que se sobreponían palos, latas vacías, insectos y culebras; plantas que se enredaban en otras plantas. Quedé horrorizada. Si el trazo no era perfecto, por lo menos el dibujo entero tenía proporción y, sobre todo, poseía una fuerza que desbordaba repugnancia y sobresalto. Apenas terminada la clase fui a preguntarle al director de dónde había venido ese niño. Me contestó lacónico: “De la calle”'. Solamente dije “¡Ah!”, y salí de la dirección.
No pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que el niño tenía un apodo: Cachafiras, y cada vez que hacía una fechoría salía a relucir el mote. También supe que antes de entrar al internado, al vagar por las calles, se ofrecía como guía a los turistas que visitaban la conservada vetustez del pueblo a orillas del lago. Algunos le tomaban aprecio. Si se quedaban por algunos días en cualquier hotel de la localidad, apenas salían a la calle, Rodolfo no se les separaba. Era simpático, dicharachero y hasta intentaba cantar alguna tonada de la región. Como siempre, sólo sucios andrajos llevaba por vestidos. Algunos turistas, compadecidos de su miseria, le compraban ropa. Se la ponía mientras los turistas permanecían en el pueblo. Apenas se iban, volvía a ponerse sus harapos hasta que volvía a repetirse la misma historia.
Supe también que había ido a parar al internado por recomendación del presidente municipal y de un ingeniero. Ambos trabajaban en unas obras del pueblo y el niño se les unió un día, pidiéndoles que le permitieran trabajar con los otros peones. El resultado fue que lo llevaron al internado. Frecuentemente iban a visitarlo allí y en cada visita le llevaban ropa. Alguna vez lo vistieron y calzaron muy bien. Salió bien peinado para lucir sus prendas ante sus benefactores, pero apenas se fueron, como hacía antes con los turistas, cambió sus limpias y nuevas ropas por sus vestiduras más raídas y sucias. Se ponía un zapato de un par y otro de otro, siempre ya deteriorados, atado uno, con algún cordel, otro, con una pila o una cinta de cualquier color que la mugre apenas dejaba adivinar. Nadie sabía qué hacía con los vestidos que acababan de darle.
Aunque era un niño que no podía concentrarse en nada y no tenía el menor interés por aprender nada, yo le tenía afecto. Adivinaba en sus pocos años una tragedia que nadie más que él, con su conducta dentro y fuera de la escuela, me había confirmado. Pero he mentido: sí tenía un interés para el que estaba altamente dotado: seguía dibujando. Sus cuadernos no los llenaba de letras ni de números, pero sí de dibujos. Cuando los niños, por indicación mía, empezaron a llamarlo por su nombre, dejó de hacerles travesuras. Le prestaban algunas historietas ilustradas, que él copiaba con mucha destreza. Tarzán y Superman eran sus favoritos. Me los enseñaba con orgullo. También dibujaba, sin copiar de otros dibujos, objetos de la realidad recordada; por ejemplo, los carros de la policía. Le salía muy bien el vehículo, pero no podía dibujar al chofer y me rogaba que se lo dibujara. Lo hacía con gusto y a él se le iluminaba la cara de contento.
Un día, Rodolfo desapareció del internado. Se le buscó dentro y fuera de él y no fue encontrado. Volvió como a los diez días. Después supimos que en esos días había llegado un circo al pueblo y que él se había encargado de hacer algunas tareas, como barrer y descargar la comida para los animales. A cambio de eso, le daban de comer y le permitían ver todas las funciones. Regresó feliz. Me contó las cabriolas que había visto hacer a una joven sobre un caballo; me habló de los equilibristas, de los saltos de los trapecistas allá en las alturas; de los malabaristas. Hubiera querido irse con ellos para pasarse toda la vida viendo todas esas maravillas, pero no lo admitieron. Me dijo que, en unos juegos, con unos centavos que le habían dado, ganó una charola de una cerveza de marca. Pensaba regalármela, pero creyó que ya no le permitirían la entrada al internado nuevamente, así que la había regalado a otra persona. Sin embargo, sí tenía un regalo también para mí: había ido al basurero y había encontrado una cajita de metal. Le pareció que era más bonita que la charola, d modo que con orgullo me la dio.
En su ausencia, supe quién era su familia. Su madre era una mujer joven, casada con un viejo que tenía un tendajón. El hombre era verdaderamente muy viejo para ella. Rodolfo no era hijo suyo. Ya había nacido cuando su madre se casó con el viejo, y ella se ausentaba periódicamente. A su regreso, casi sin excepción, le nacía una criatura. Así nacieron sus tres hijas. Damas de una sociedad de beneficencia, al ver que las niñas andaban en la calle y no tenían qué comer, ya que su madre no se preocupaba por ellas, las llevaron una tras otra a un orfanatorio. Rodolfo, cuando aparecía por la casa, antes de ser llevado al internado, era golpeado bárbaramente por la madre. Un día, algunos vecinos, al oír los gritos del pequeño, se juntaron y fueron a ver qué pasaba. Lo encontraron atado de las muñecas, colgado del techo. Lo desataron y le dijeron a la mujer que si persistía en maltratar al niño iban a llamar a la policía.
Después de su escapada en el internado, volvieron sus protectores y, al encontrarlo sucio y desgreñado y con las ropas en jirones, le volvieron a comprar otros vestidos, que se volvió a poner y volvió a desechar, como siempre. Tal vez la amargura lo había penetrado tanto que había llegado a ser uno con ella. A falta de madre, ella se convirtió en su madre. Era su abrigo, de forma distorsionada, como cuando queriendo dibujar la vida, dibujaba la muerte y no quería ser separado de la una ni de la otra.
Un inspector visitó por esos días el internado y encontró algunas irregularidades; entre ellas, que había un sobrecupo de niños. Sobre el límite fijado, daban al director la posibilidad de admitir todavía un tres por ciento más. El inspector encontró que en el internado había un diez por ciento sobrante. El director tuvo que salir, y con él todos los niños que formaban el sobrecupo. Los escogieron por su desaplicación. Rodolfo Rojas fue otra vez lanzado a la calle de donde había venido.
Publicado en: Perdomo, María Teresa. (2000). “Como queriendo dibujar la vida”. Como queriendo dibujar la vida. Morelia: UMSNH, pp. 119-123.




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